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LA  MARCHA CONTRA ARIOVISTO

(La guerra de las Galias, II)

Verano del año 58 a.C., La Galia
proximidades de la ciudad de Bibracte

I

La guerra de los helvecios había terminado. La Galia estaba de nuevo pacificada. Cualquier gobernador romano se habría dado prisa en reclamar un triunfo, pero César era diferente. A los pocos días todas las naciones galas solicitaron ser recibidas por César para celebrar su gran victoria. Acordaron pues el día de la reunión y se presentaron en la tienda principal del campamento romano.

El centurión de la legio X entró de repente en la gran tienda praetoria y se cuadró en la entrada          
- ¡César, los embajadores galos están aquí!
   -   Bien Marco. Hazlos pasar –dijo César, sin alzar la vista ni dejar de dictar a los tres esclavos que había en la estancia: dos cartas y el primer borrador de la campaña que acababa de finalizar. Había también otras personas en la tienda, ordenanzas trayendo y llevando documentos, partes de defunción, las listas de los heridos del hospital con las últimas reincorporaciones al servicio, y, sobre todo, los documentos incautados a los helvecios en su campamento con los números de sus efectivos. Estaban en caracteres griegos y por lo tanto eran fáciles de leer. En ese momento se estaba llevando a cabo el recuento de los bienes que iban a ser repartidos entre la tropa, tanto materiales como esclavos. El dinero que sacaran los legionarios de las ventas lo mandarían en su mayor parte a sus familias en Roma.
     -  ¡Las legaciones galas, César! –anunció el centurión cuando volvió a entrar en la tienda.

    - Dejadnos –dijo César con un ademán de la cabeza, dirigiéndose a los esclavos y a los ordenanzas – que pasen los legados y los primi pili de las legiones, Marco.
    - ¡Sí, César!

Momentos después, a un lado y otro de la gran mesa de conferencias se encontraban galos y romanos, con sus intérpretes, todos de pie menos César. Convenientemente había mandado retirar las sillas plegables de campaña y él presidia la estancia sentado en su silla curul de gobernador. Su intérprete personal se encontraba detrás de él, apenas visible salvo cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído. César comprendía algo el celta, pero se le escapaban los sutiles matices de algunas tribus o el particular modo de hablar de las tribus del norte, cercanas al Rin.

Este tipo de encuentros los tenía muy estudiados, pues siempre disponía que los legados y los oficiales superiores de todas las legiones aparecieran más visibles a los enviados bárbaros, sin disminuir su posición de gobernador, por supuesto. Sin embargo, de esta manera podía observar las caras de los que hablaban con más tranquilidad, pues en una embajada no es tan importante lo que se dice, sino cómo se dice.

Así pues, Diviciaco, druida de los eduos, en calidad de aliado de Roma, hizo de intermediario y presentó a César  las legaciones galas que aún no conocía: algunas de las tribus belgas, otra de los parisii, muchas de la zona noroccidental de la Galia, pero llamó la atención de César la legación de los arvernos, a cuyo líder acompañaba su hijo, un muchacho joven aún, pero de mirada penetrante y muy observadora. Parecía a un mismo tiempo temeroso y asombrado del poderío que mostraba Roma a unos siempre potenciales oponentes: el nombre del muchacho era Vercingeto (pues aún no había sido elegido rey entre los suyos ni mudado su nombre a Vercingetorix). Cuando Diviciaco acabó, intervino César de nuevo.
   -  Si los embajadores lo prefieren así, podemos expresarnos en griego –las legaciones de las tribus del sur, más cercanas a las antiguas colonias griegas del Mediterráneo asintieron mostrando su acuerdo, aunque las legaciones del norte se mostraron indignadas a su ofrecimiento, pues su idioma era tan bueno o más que los de otros pueblos-.

César elevó la vista al techo de la tienda e hizo acopio de paciencia para lo que parecía una larga y banal embajada midiendo fuerzas entre las distintas potencias en aquella zona del mundo. Por lo tanto, se dedicó a observar a sus rivales respondiendo de vez en cuando a los consabidos halagos y haciendo las correspondientes peticiones de suministros, mantenimiento del orden en las distintas poblaciones y demás intercambios de impresiones en múltiples lenguas y dialectos.

II

Cuando la entrevista terminó, se despidieron y todos salieron. Pero era sólo un amago, pues volvieron de nuevo a la tienda, como un niño que no se atreve a confesar una afrenta de un compañero de juegos por miedo a posibles represalias, y se dirigieron de nuevo a César.
    -   ¿Qué sucede, Marco? ¿Qué es este alboroto? –preguntó César y al momento tenía un galo abrazándole las rodillas, suplicando y repitiendo una y otra vez lo que César entendía como ‘ayúdanos’ – es ridículo, esto es ridículo, vamos libérame las piernas.

Diviciaco se adelantó, hizo una señal y con ayuda de otros dos hicieron que el galo suplicante se levantara.

 -¡Diviciaco! –dijo César con voz autoritaria esperando una respuesta.

 -Perdónanos César –respondió Diviciaco mirando el suelo –no volverá a suceder.

  - Eso es lo que me gustaría saber a mí ¡qué sucede! ¡Por Hércules!

  -Verás procónsul, quieren pedirte algo. Pero no hablarán hasta que les prometas que lo que te quieren revelar no va a salir de aquí.

 -¡Está bien! ¡Hablad de una vez! ¡Por Júpiter! –César estaba dando muestras ya de perder la paciencia-.

Diviciaco pronunció unos votos en voz baja, poniendo a los dioses por testigos de que no sería revelado el asunto en cuestión y comenzó a explicar a César que las Galias se encontraban divididas en dos facciones. La primera facción la lideraba su propia tribu, la de los eduos y la segunda la tribu de los arvernos. Llevaban así muchísimo tiempo disputándose la hegemonía del poder entre ellos y finalmente los arvernos, junto con los secuanos, en un intento de inclinar la balanza a su favor, habían contratado para luchar por su causa a la que decían todos ser la tribu más belicosa del otro lado del rin: los suevos.

III

Esta tribu germánica (así llamaba César a las tribus del otro lado del Rin) era con mucho la más temida y odiada de entre los germanos y vinieron con muchísimo gusto por las expectativas de botín y riquezas. Sin embargo, cuando vieron la calidad de las tierras de la orilla izquierda y se percataron de que ellos mismos podían hacerse con el control de esa zona sometiendo a su voluntad a los galos, se rebelaron contra sus patronos y otras tribus y les impusieron pagos y rehenes por dejarles disfrutar de sus vidas. Y aquí no acababa la cosa, puesto que había corrido la voz y cada vez más y más clanes estaban cruzando el Rin. Por lo tanto, este asunto trascendía ya a las tribus galas y comprometía la paz de los romanos también. Desde su silla curul César no perdía palabra del relato de Diviciaco.

  -   ¿De cuántos germanos estamos hablando? –dijo César.
 -   Aproximadamente de unos ciento veinte mil. Éstos ya están asentados, pero vienen más –respondió Diviciaco. El resto de las legaciones estaba en silencio.
 -  ¿Y cómo es que no les hacéis frente vosotros, si se han vuelto vuestros enemigos?
 -   Lo hicimos, procónsul, claro que lo hicimos. Los eduos nos levantamos en armas contra ellos y sus aliados, pero perdimos. Aunque, no se puede afirmar que los arvernos y los secuanos estén en mejores condiciones que nosotros.
 -   Y por eso no abren la boca y mantienen sus miradas en el suelo.
 - Tienen miedo César. Los rehenes pueden morir si esta conferencia llega a oídos de Ariovisto –dijo Diviciaco.
   -   Tú, sin embargo, estás hablando.
  -   Yo no tengo familiares ni amigos en peligro, por eso les presto mi voz. Te imploramos ayuda César –continuó Diviciaco –. Imploramos la ayuda de Roma. Si Roma no nos ayuda, nos veremos obligados a abandonar nuestras tierras como los helvecios han hecho y los germanos se apoderarán de las Galias.

IV

En ese momento se empezaron a agitar las embajadas con murmullos y gestos de asentimiento.
-      - Roma, y yo mismo, os da su palabra y os prestará auxilio en este gran momento de crisis para todos. Quedad tranquilos. Los eduos habéis auxiliado a Roma y ésta ha contraído una deuda con vosotros. Enviaré un mensaje a Ariovisto para entrevistarme con él en territorio neutral y que deponga su comportamiento. Podéis marchar.

Cuando los galos, ahora sí, abandonaron la tienda principal del campamento romano, César se dirigió al suboficial de guardia.

     -¡Marco!

    -¡Sí, César! – dijo el centurión al entrar en la tienda y cuadrarse en la entrada llevándose la mano al pecho-.
   
   -¡Que toquen reunión! Que se presenten todos los oficiales y centuriones para recibir órdenes enseguida. Levantamos el campamento antes del amanecer.

    -¡Sí, César!

V

A los pocos días llegó la respuesta de Ariovisto al campamento romano. Con mucha cortesía le conminaba al procónsul a que no se metiese en los asuntos ajenos, puesto que él, rey de los suevos, tenía igual derecho que Roma a llevar a buen término sus propios asuntos y, al igual que Roma había conquistado el sur de la Galia siguiendo sus propios intereses, así había hecho él con los suyos. Que si César se quería entrevistar con él, que fuera a verle, pero que ni veía necesario pedirle consejo, ni se movería de sus tierras para ver a César.

   -¡Bárbaro insolente! – dijo César, y alargó con un ademán del brazo la carta de Ariovisto a Marco Antonio para que la pasara al resto de los oficiales- ¡Toma lee!

   - Hay que reconocer que no le falta razón –el gesto de Marco Antonio era serio. César se le quedó mirando apoyado en la mesa de conferencias.

    -No seas ingenuo Marco –le respondió César –. Todos sabemos por qué estamos aquí.

     -¿Por el botín y las tierras?

    -¡Por la gloria de Roma! –bramó César-. ¡Y no pienso consentir que ese reyezuelo de tres al cuarto provoque una crisis en las Galias cuando acabo de pacificarlas! ¡Está haciendo lo mismo que los helvecios! ¿O es que no lo veis?

   - Pero César, -comenzó a hablar un legado- no es lo mismo. No podemos actuar igual que con los helvecios.

  -¿Por qué no? –y se sentó pesadamente en la silla plegable de campaña. Llevaban horas, desde el anochecer, debatiendo la mejor manera de llevar este asunto y todavía no habían llegado a una conclusión aceptable para César-.

   -Porque Ariovisto es amigo y aliado del pueblo romano, César. No le podemos atacar sin más.

   -Tito Tacio tiene razón, César –apuntó Labieno- Tú mismo le diste ese título durante tu consulado.

   -Hace dos años solamente –puntualizó Marco Antonio, buscando primero los ojos de Labieno y después los de César y el resto de oficiales.

   -Incluso acercarnos a su posición como estamos haciendo, puede ser considerado una agresión por su parte –continuó argumentando Tacio-.

  -No, antes de atacarnos querrá hablar; querrá hablar conmigo y entonces le haré entrar en razón –dijo César con los ojos fijos en la lona del fondo de la tienda.
Se hizo el silencio, los oficiales del Estado Mayor se miraron unos a otros. Pero entonces se oyó una voz amortiguada por las paredes de lona de la tienda.

  -¡Mensaje para César! ¡Urgente!

  -¡Que pase! –gritó César al oír eso-.
Al momento, un legionario sudoroso, a pesar de la temperatura más bien templada de la noche, se cuadró delante del asiento de César, se llevó la mano al pecho, después a la cartuchera cilíndrica de cuero que llevaba debajo de la axila izquierda y, desenrollándola, sacó un trozo de pergamino.

  -Mensaje de los galos entonces –aventuró César.

 -¡Mensaje de los tréveros, César! –dijo el soldado mirando al frente.
César cogió el trozo del pergamino y lo leyó enseguida.

 -Parece que los tréveros han avistado a los suevos, dicen que al menos cien clanes tratan de cruzar el Rin –los  rostros de los oficiales se turbaron, pero César no se dio cuenta –. ¿Aún aquí soldado?

 - ¡Hay otro mensaje, César! –el legionario continuaba impertérrito-.

  -¡Dámelo pues, vamos! –y  en ese instante la cara de César se iluminó como un rayo de sol que atraviesa unas nubes bajas después de la negrura de la tormenta-. ¡Ha cometido un error! ¡Ahí tenéis vuestra respuesta! –dijo a la vez que tiraba el otro pergamino encima de la mesa-.

Mientras unos se quedaban petrificados y otros empezaban a preguntar en voz alta cuál era el contenido del mensaje, Marco Antonio, que era el que estaba más cerca, lo recogió y lo leyó en voz alta para todos: 

 “De Diviciaco a César, procónsul de Roma para las provincias de la Galia Cisalpina, la Galia Transalpina y el Ilírico, saludos. El orgulloso pueblo de los eduos te hace saber lo siguiente: que los suevos han asaltado nuestras tierras más orientales y han causado muchos daños y muertes; que las poblaciones de la zona han abandonado sus casas y cultivos y se dirigen hacia otros lugares de nuestra gran nación. Por lo tanto, este amigo fiel tuyo y de Roma te implora de nuevo que le ayudes a restablecer el orden. Eso es todo. Que vaya bien.”

   -¿Vas a atacarle? –fue  Labieno el que rompió el silencio-.

 -Exactamente –respondió César levantándose con fuerzas renovadas del asiento- y ahora mismo.

   -¿Pero…? –balbuceó Marco Antonio, pero César le ignoró-.
  
  -Soldado, puedes descansar. Gracias por tus servicios –dijo César despachando al legionario- ¡Oficial de guardia! –Mientras  el centurión Marco entraba en la tienda, el legionario la abandonaba-.

  -¡Sí, César!

 -¡Da la señal! Levantamos el campamento dentro de dos horas. Que la tropa se prepare para unas marchas forzadas.

  -¡Sí, César! –saludó y abandonó la estancia.

La oficialidad despertó de repente como si saliera de un trance y los murmullos se tornaron voces. Como única respuesta a todas las preguntas César sólo alzó la palma de la mano derecha. Cuando callaron todos César comenzó a hablar sosegadamente.

  -Caballeros, ese bárbaro nos ha dado el motivo de guerra al atacar a un aliado de Roma.

 -Pero, él también es aliado de Roma ¿Y la orden de marchas forzadas? ¿Qué sentido tiene, César? –continuaba incrédulo Marco Antonio-

 -Forzarás demasiado a los hombres, César. Antonio tiene razón –continuó Labieno- aún están débiles.

 -Los hombres aguantarán.

 -Sin embargo, no has acertado cuando antes has dicho que Ariovisto querrá hablar si está atacando a los eduos, César –dijo Tacio y otros oficiales asintieron y miraron a César en espera de su reacción.

 - Sigo pensando que querrá hablar, Tacio, pero es un jugador, igual que yo, y se arriesga a provocar un movimiento, una reacción nuestra. Lo que no espera es que seamos más rápidos que él. El plan es el siguiente, caballeros: en pocos días nos presentaremos en la zona de influencia de los suevos. Sin embargo, este enemigo es distinto a los helvecios y por lo tanto no hay que cometer errores. ¡Antonio! Tú tomarás una legión y establecerás guarniciones a lo largo de la ruta para que aseguren los suministros. Tú Labieno...



(Seguirá)

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